dimecres, 13 de gener de 2010

LAS PRESAS DE FRANCO EN DURANGO






DURANGO


BAJO un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel". La cita, no importa de quién, ilustra a la perfección lo irracional de dictaduras como la española de los Sanjurjo, Mola o Franco. En Bizkaia, el régimen totalitario planificó en plena confrontación civil un total de tres prisiones para mujeres: El Carmelo, en Amorebieta-Etxano, Nevers, en Durango, y el Chalé de Orue, en Deusto. A sólo un paso de Ondarroa, además, se torturó a las presas en el campo de concentración de Saturraran.

La recuperación de la Memoria Histórica va arrojando luz a tanta sombra. Toda efeméride sirve de excusa para saber algo más, para denunciar aquel horror que la resistencia antifascista trató de atajar, incluso con la vida personal de por medio. El pasado domingo, se cumplieron 70 años de la apertura de la prisión para mujeres de Durango. Poco se ha escrito sobre ella, las escasas fotos se repiten en la ansiedad de historiadores por escarbar un poco más en la mala conciencia de los militares golpistas del 17 y 18 de julio de 1936.

Casi tres años después del bombardeo del 31 de marzo de 1937 de Durango, recalaron a la villa el 3 de enero de 1940 las primeras presas políticas, comunes y prostitutas al convento-colegio de las Damas de Nevers. Esta casona funcionó como cárcel durante el año 1940, hasta que, al regreso de Francia, a donde se exiliaron las religiosas del Sagrado Corazón, les fue devuelto. El edificio también fue lugar de noviciado de monjas y en mayo de 1937 se utilizó como sede para un batallón de un centenar de prisioneros, a los que se les obligó a hacer labores de desescombro en la bombardeada villa.

La denominada Prisión Central de Durango -como recogen algunas credenciales- aglutinó a presas comunes y a aquellas mujeres acusadas de defender la libertad, la justicia social, el gobierno legítimo de la II República o los derechos del pueblo vasco.

ALEJAMIENTO DE LAS FAMILIAS Enero de 1940. A la localidad iban a llegar las primeras "expediciones", como se denominaba a los traslados a otras prisiones de aquellas internas que ya habían sido juzgadas y condenadas. Esto suponía alejamientos de familias que perdían en la mayoría de los casos toda noticia de ellas.

Antes de llegar a Durango, el caso de unas reclusas de la dictadura provenientes de la cárcel madrileña de Ventas, viajaron tres días con un chusco de pan y un arenque como única comida. "¡Como en Auschwitz! Igual", compara el historiador de Gerediaga Elkartea, Jon Irazabal. Tras las tres lunas, arribaron al pueblo guipuzcoano de Zumarraga, en días de nieve.

El alcalde de la localidad le echó arrojo al solicitar al oficial si su Ayuntamiento podía dar de comer a las mujeres de los trenes. A la respuesta le sobró de todo: "¡Eso que ahorramos al Estado!". La sopa volvió a dar vida a las presas. Antes de partir a Durango, los vecinos solidarios les regalaron una vela y una hogaza de pan por vagón.

La llegada de estas mujeres hace ahora 70 años al municipio vizcaino fue de revolución. Lo recuerda Nieves Waldemer Santisteban, presa y testigo de la llegada : "La gente de Durango no nos quería pegar ni hacer nada. Lo que no querían es que hubiera presas políticas en aquel pueblo", relató Waldemer a la también reclusa Tomasa Cuevas, a la larga recopiladora de impagables testimonios.

La casona, de la que hoy sólo se conserva la verja, era de cuatro alturas. La cocina estaba en la planta baja. "Cada día teníamos que bajar a por nuestro plato de puré repugnante. Poníamos el plato boca abajo y el rancho no se caía".

A diario, también, llegaban nuevas expediciones. "¡No había cárceles en España para tanto preso!". Pudieron ser más de dos mil mujeres que dormían hacinadas cada una sobre 40 centímetros en el suelo. Estuvieron al cargo de las "malísimas", entonces, Hermanas de la Caridad, religiosas rendidas al régimen nacionalcatólico.

En aquel tiempo, el Estado estableció una disposición: Los niños de más de dos años no podían permanecerr con sus madres en la cárceles. Algunos, incluso, habían nacido en la de Durango. Decretaron una fecha tope para sacarlos. Las ex reclusas citan que sus vecinos eran "muy buenos", y llegaron a hacerse cargo de algunos que se afincaron en el municipio. Todavía, quién sabe, puede vivir alguno.

Durante el año en el que estuvo abierta la prisión, se abrió un economato en el penal. Al no tener dinero, las reclusas optaron por manufacturar guantes, muñecos, centros de mesa... "Con lo que ganábamos con ellos, cubríamos los gastitos de comprar pasta de dientes, jabón, lejía, sellos y, el gasto de viejas que ya no podían trabajar porque casi no tenían vista. Algunas tenían ochenta años", rememoró Nieves Waldemer.

Las más jóvenes ponían todas sus ganas en cantar a diario para que las mujeres mayores dejaran de pensar en sus maridos, hijos... Para ello, incluso, inventaban letras que entonaban: "Soy reclusa, soy reclusa no tengo, y no tengo más pesar que perdí mi libertad. No deseo las riquezas ni añoro comodidades que disminuyan mi mal. Sólo quiero con locura en otro primero de mayo vivir en casa en paz".

celebración en la cárcel Curiosamente, celebraron el día del trabajador en la prisión. También dos semanas antes conmemoraron el 14 de abril, el Día de la República, con charlas en corros. "Se explicaba lo que significaba ese día y lo que era la República para España y cómo la habían traicionado", recoge el libro Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas, de Tomasa Cuevas.

Una interna compuso una canción "muy simpática, muy alegre con música de marcha" para el Primero de Mayo. Medio centenar de reclusas salieron al patio y una "con una escoba vieja y un jersey rojo desfilaba por delante".

La letra decía: "Cuando tocan las campanas por la mañana temprano, con desdén me desperezo porque me acuesto soñando y soñando me levanto, cuando río y cuando canto". Al hacer mención, a continuación, al 1 de Mayo "salieron oficiales, el director, las monjas, las funcionarias... todos dando gritos y mandándonos a nuestra sala".

Los meses fueron pasando, mientras la orden francesa de Nevers continuaba con su pleito con el Estado para que les devolvieran su convento hecho cárcel. Al final, las religiosas lograron volver a su inmueble lo que obligaría a cerrar la cárcel y que las monjas de la Caridad también abandonaran el edificio, como las presas. Corría el mes de diciembre.

Wlademer recuerda la partida: "La salida de la estación fue emocionante, todo el pueblo quería darnos paquetes, todos nos querían despedir". Como agradecimiento a la ciudadanía inventaron "un cantar" que decía "salud Durango, Durango de mi querer, mi querer,. Salud Durango, libre te volveré a ver. No me marcho por el pueblo, que las gentes buenas son, buenas son. Me marcho porque me llevan trasladada de prisión".